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Terra
La Coctelera

1994: se hace un hombre

4 de abril

Mi hijo me pidió que le afeitara la pelusa del bigote. Parecerá una tontería, pero yo lo encuentro muy significativo, un símbolo del cambio que se está produciendo en él. Le abracé preguntándole si me iba a querer cuando creciese. Nos emocionamos, nos prometimos amor eterno y disimulamos, un poco avergonzados, lo húmedos que teníamos los ojos.

Su cuerpo tibio, sus brazos (que hace poco eran bracitos) alrededor de mi cuello, su carita contra la mia, su fuerza... sabía que aún era verdad, que todavía era su mamá. Conservo esa dulce sensación en mi cabeza y quiero que se quede aquí, para que nunca lo olvide.

Como todos los momentos felices en que uno es consciente de esa felicidad, fue un momento triste. Triste por lo fugaz, porque se escapa, por no poder retenerlo.

Se hace un hombre

1994: la angustia fuma

Nada más despertar la angustia estaba ahí sentada, sobre mi pecho, fumando.

Ya somos viejas conocidas. Ahora me visita frecuentemente.
Lo llevaría bastante bien si no fuese tan absorvente, si no me quisiera solo para ella. Cuando ella está no puedo vivir sensaciones agradables: esas quedan afuera acechando el momento en que se vaya. Yo sé que están ahí, y eso me ayuda.

Escribir es como un exhorcismo. Le impide tomar posesión de mí. La espanta. Así que, cojo mi libreta, pero la noto ajena, algo muerto.

Ella se recuesta, echa el humo del cigarro. Sonríe.

Echo de menos el abrazo solidario, el calor humano. Al Que Reconforta. Pero ya no puedo correr a lloriquear, a deprimirlo. Ya no sé si está ahí. Le escribí ¿llegaré a echar la carta?

La angustia cruza las piernas. Se pone cómoda.

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